Diez minutos más de sueño

Llevaba un órgano herido entre las manos, no era mío, alguien me lo había prestado para salir a caminar un rato. No levanté la vista del suelo, ni hablé con nadie, evité la mirada de los conocidos y los familiares, tampoco anticipé la orina que venía secándose en mi cuerpo, ridículo aparato, el reproductor, creo que jamás aprenderé a usarlo como es correcto. Pero después de todo, llevaba resaca y lente oscuro de gota empañándome la visión, y lo único que distinguía eran nubes mojadas de agua sucia escurriendo por las coladeras, creo que algún pájaro cantó cuando salió el sol un poco, y recordé el peso de ese cuarzo al verlo brillar al desnudo. Un cuerpo a medio abrir se descompone en cosa de nada, y era eso lo que llevaba enfundado en bragas de seda rosa, un maniquí de carne y hueso, sus collares de quince euros le estrangulaban el cuello, uno de ellos un corazón de plata roto. La gente, maravillada de horror, me abría el paso, quizá algunos se imaginarían siendo las víctimas de una broma macabra para el programa nocturno (hay tantos pendejos con videocámaras), o tal vez sólo pensaban que la vida es así. ‘En seguida la entierro’, les decía, ‘déjenme que yo lo arreglo’. Cavé el hoyo en un claro de luna, y, usando las cuatro manos, terminé pronto. Reí, lloré y me fui temprano. Sin embargo, al despertar en la mañana allí estaba, sepultada tres metros pero no bajo el suelo, sino bajo mis sábanas de nuevo. Y el corazón otra vez le colgaba entero.

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