De noche todos los tarros son pardos

Desde la empañada ventanilla de un frío taxi veo derramarse su tarro de cerveza a lo lejos, en ese bar diseñado no para ebrios, y por eso nunca entro, sino para cultos con todo tipo de respuestas y con la vida bien resuelta, que ponen un trago exótico en su mano como parte de los accesorios de su vestimenta, ellos no veneran la bebida, ni obsequian dádivas al dios Vómito, tampoco amanecen con resaca el siguiente día entero, ellos me dan asco y yo les doy asco a ellos. Sin embargo, digamos que hay alguien que se salvaría si hubiera un sórdido atentado contra esas miserables vidas, y ese no sería yo, el vil perpetrador, sino esa triste muchachita cuya mano tiembla porque sus ojos me han mirado. Se levanta corriendo al baño, me gustaría alcanzarla y decirle que en cuanto a mí respecta está libre de pecado, sé que no sería difícil convencerla. Sin embargo, la lluvia arrecia y dentro estoy a salvo del maldito desengaño, mis diez años extra al fin le pesaron, según parece, o, ¿será que a mí me cuesta emparejarme con la década que ella me resta?
Soy un borracho que alguna vez deslumbró a una coqueta en un bar de utilería cuando quería ser poeta, también de utilería, de esos que hacen himnos, que escriben sonetos insuperables, que versan y versan. Por suerte el vicio fue más fuerte que mi convicción y en lugar de seguir ese camino, consciente de que nunca llegaría, me tiré al piso y pinté mi propia línea de meta con pus sanguinolenta de mi horrible nariz, y desde allí salí, si no hay talento, me dije, tiene que haber intento, porque si no hay intento, la idea se pudre dentro de los nervios. Esa fue mi venganza poética: partir desde el lado contrario, conocer las respuestas de las preguntas que jamás nadie hizo, rimar por rimar, escribir sin vocación opiniones al descuido, escribir sólo porque me facilita la digestión.
Si me permito ahondar en mi persona no es sólo por vano narcisismo, sino también porque fue de ese 'no poeta' del que ella se enamoró. Con lo que no conté fue con que en este planeta se vende hasta la mierda: ahí tenemos a Holywood, Los Testigos de Jehová, el Papa, Laura de América, las anfetas, Bacarat, y ahora que supuestamente tengo 'éxito', he dejado de tenerla a ella, que ama la rabia de los fracasados, su ADN, y su forma de fornicar. No bajaré del carro, para qué, si ya otro la consuela en los retretes, me iré y esperaré a que mañana ella venga a decirme que este amor ya no conviene.

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