Balada del anciano anónimo

Todavía me acuerdo de cuando mi puño era un largo florero que repartió chingadazos como rosas un enamorado, y mi cuerpo fue un charal escurridizo que jamás se dejó tragar, mis piernas eran dos remos que sabían cuándo escapar, mis oídos eran finos, mi vista aguda, y mi visión penetrante. Mi boca fue un anzuelo con el que no atrapé ni poco, ni mucho, alguno que otro vicio, alguno que otro impacto, dos o tres comidas diarias y, algunas veces, bendito Dios, hasta calientes postres gourmeteros paladeé sobre un colchón. Pero todo eso se ha ido, desapareció sin dejar rastro como se va la mierda de los intestinos. Una vez quise saltar desde tan alto que me rompiera cada hueso para que me arreglaran y volviera a ser el de antes; el resultado: salí ileso, ni una sola fractura, ni un solo rasguño, ni un solo muerto, fue sólo un desperdicio de buen pavimento. No cabe duda que envejecer es una burla tan amarga, el peor bullying de todos, un chiste de tal bajeza, que cualquier palabra se queda corta para describir la situación de volverse un cero muy a la izquierda en una cifra en que, de por sí, siempre careció de valor su cuenta. Se acabó el respeto de los demás, aunque desde hace tiempo que ya nadie ni a sí mismo se respeta; para ser honesto, yo, sin ir tan lejos, soy de aquéllos. Pero, con todo y esto, qué triste que el cine mudo de mi vida llegue hoy a su fin, no todos los días sucede que uno va a morir en una habitación de hospital, rodeado de otros siete moribundos más. Yo, personalmente, habría preferido bailar en una escena distinta y haciendo mi cosa favorita en el mundo. Sí, ésa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario