Anatomía de lo incorpóreo


Leí un libro que hablaba de ti, quisiera discutirlo más a fondo pero mucho me temo que no lo entendí, se llamaba Anatomía de lo incorpóreo, cada plana estaba en blanco, sólo la numeración en un extremo me decía que iba avanzando, había fotos tuyas de cuando eras invisible, te veías tan feliz llena de odio que no me atreví a reclamar a la imprenta el haberse quedado sin consumibles. Me halagó que hubiera una sección dedicada a lo que haces cuando no estoy: sonreír y estar contenta deshojando los pétalos de un buitre para sembrarlos en la tierra. No eres la primera persona que confiesa que es preferible extrañarme a tenerme cerca, pero sí la única que toma un avión al manicomio para visitarme en días festivos. Las uvas de salitre titulaste a la introducción, seguida de un primer capítulo muy simple: Sin pelos en la lengua. El segundo mejoró, le pusiste De cómo se me derrumba el mundo. Y seguiste la misma línea, tres: Vete si te digo que vengas. Cuatro: Naufragando en sueño abierto sin tener noticias mías. Me gustó tu estilo, también tu forro y tu caligrafía, porque lo publicaste en formato de cuaderno. Así que me dieron ganas de venir y abrirte por en medio.

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